Hay historias que nacen en medio de la luz, y otras que germinan en la oscuridad. Esta pertenece a las segundas. No porque esté hecha de sombras, sino porque allí, entre los muros del encierro y el eco de las cadenas, brotó una semilla que solo la fe podía hacer florecer.
La vida, a veces, nos conduce por caminos que no comprendemos. Caminos donde el tiempo parece detenerse y el alma se enfrenta cara a cara con su verdad. Es en esos silencios forzados donde Dios suele hablar más alto. Y lo hace, no para castigarnos, sino para transformarnos. Porque el propósito no se forja en la comodidad, sino en el fuego.
En las páginas del libro El me liberó, escrito por el autor Alí J Mendoza Perdomo, el lector no hallará un relato de derrota, sino una crónica de resurrección. Aquí no hay barrotes que limiten el espíritu ni cárceles capaces de encerrar la fe. Lo que comenzó como un traslado en la madrugada terminó convirtiéndose en un viaje interior hacia la libertad más pura: La del alma reconciliada con su destino.
Cada capítulo es un peldaño en la escalera de la redención. Desde la primera noche de incertidumbre hasta el eco final de una Biblia que reemplaza un chuzo, el relato revela una verdad luminosa: el poder de Dios no se detiene en los muros, sino que los atraviesa.
Este libro no pretende glorificar el dolor, sino mostrar cómo el dolor puede ser usado como instrumento divino para cincelar el carácter, depurar el orgullo y abrir paso a la esperanza. En cada oración, en cada lágrima y en cada gesto de bondad dentro del encierro, hay una enseñanza universal:
Nadie está tan perdido que no pueda ser hallado por la gracia. Quien lea estas páginas sentirá que está entrando no en una prisión, sino en un taller de almas; un lugar donde la oscuridad fue vencida por la fe y donde el corazón humano aprendió a escuchar la voz de Dios incluso entre rejas.
Porque hay muros que encierran cuerpos, pero hay palabras que liberan almas.

