No todas las historias que nacen de la dificultad están destinadas a terminar en oscuridad. Algunas, aun cuando atraviesan escenarios improbables, confusos o aparentemente absurdos, existen para recordarnos que el ser humano tiene una capacidad profunda —y a veces olvidada— de adaptarse, resistir y reconstruirse.
El hombre pollo, escrito por Ovidio González, es una de esas historias. Este libro se apoya en una premisa singular que llama la atención desde el primer momento, pero su verdadero valor no está en lo extraordinario de los acontecimientos, sino en la mirada con la que se narran.
Aquí, lo cotidiano y lo inesperado se cruzan para dar forma a un relato que, sin prisa, invita al lector a acompañar un proceso de transformación entendido no como castigo, sino como aprendizaje.
La narración avanza con sencillez y cercanía. No pretende impresionar con artificios ni imponer interpretaciones.
Permite que cada escena se revele con naturalidad, dejando espacio para la empatía, la reflexión y, sobre todo, la esperanza.
A lo largo de estas páginas, el lector descubrirá que incluso en los contextos más complejos pueden surgir vínculos genuinos, decisiones valientes y oportunidades inesperadas.
Este libro no se lee desde la burla ni desde el juicio. Se lee desde la humanidad. Desde la posibilidad de que, cuando las circunstancias nos coloquen en lugares incómodos o injustos, siempre exista una salida que no pasa por huir, sino por crecer. El tono de la obra, a veces ligero y a veces introspectivo, acompaña esa idea sin forzarla, permitiendo
que el mensaje emerja por sí mismo.
El hombre pollo no promete respuestas absolutas, pero sí ofrece algo valioso: una historia que confía en la capacidad de las personas para encontrar sentido incluso cuando el camino se vuelve inesperado. Es una invitación a leer con apertura, a dejarse sorprender y a recordar que toda transformación, por extraña que parezca, puede conducir a un lugar mejor.

