Marta Acosta es una mujer inmigrante cuya vida está marcada por la determinación, la gratitud y un profundo compromiso con la familia. En 2003 emigró a Estados Unidos y se estableció en el área metropolitana de Washington D. C., donde logró adaptarse con rapidez: consiguió empleo, alquiló una habitación, adquirió un automóvil y construyó una red de apoyo junto a familiares y amigos que habían emigrado antes.
Su historia, narrada en Con mi alma en la maleta, refleja el valor del sacrificio compartido y la visión de futuro. Durante los años en que su hijo servía en el ejército estadounidense y cumplía misiones prolongadas en el mar, Marta administró con prudencia cada recurso recibido. En lugar de gastar el dinero que le enviaban, lo ahorró cuidadosamente con un propósito claro: contribuir a la compra de un hogar propio que representara estabilidad y unión familiar.
Su carácter se define por acciones concretas. Generosa, previsora y firme en sus principios, Marta Acosta encarna el espíritu de quienes entienden que el verdadero progreso no es individual, sino colectivo, y que las buenas intenciones solo cobran sentido cuando se transforman en hechos

