La biografía de Vladimir Perdomo es una pieza vibrante, poética y profundamente evocadora que captura la esencia de un autor multifacético con una voz única.
Su tono es cálido, íntimo y ritualístico, alineándose perfectamente con la estética de Destinos tejidos en las sombras del abismo. Se cocinó entre las brasas de Caracas y los inviernos de Toronto, hasta asentarse en Tampa con una maleta llena de libros, silencios, sueños, rituales y abrazos que saben a sobremesa, con el aroma de café y el calor de una mesa compartida.
De Caracas a Tampa, pasando por Toronto, llevó consigo un telar invisible donde tejió sus historias, cada una germinando como semillas en tierra fértil. Ratón de librerías y bibliotecas, lector voraz y conversador consumado, ha hecho del lenguaje su oficio y de las tertulias con amigos intelectuales su fogón afectivo.
Escritor, periodista, músico y compositor, Vladimir combina estas facetas de una manera magistral. No se considera poeta —ese traje, dice, le queda muy grande—, aunque todos tenemos un poco de loco.
Sus abuelas, Cristina y Josefina, decían que Vladimir, al escribir, bordaba. Su especialidad en negociación internacional le sirve para pactar con los fantasmas del pasado y ajustar correspondencias con el presente, siempre con un tono humano que respira
memorias.
Su humor es sofisticado, su irreverencia filosófica contagiosa. Su estilo es una mezcla de carpintería narrativa con grandes influencias y cocina emocional, donde cada palabra se prueba como quien cata un vino que recuerda a infancia, exilio y comunidad.
En “Destinos tejidos en las sombras del abismo”, Vladimir no escribe: improvisa sobre líneas. Cada página oficia rituales de memoria, cruzando voces migrantes, gestos simbólicos y encuentros que desafían el olvido.
Su voz no narra, se sumerge, como quien conoce el secreto pero lo sirve en cucharadas lentas, dejando que la tinta respire. Comparado con cronistas del alma y poetas canallas del caos, Vladimir no imita: inventa y transforma.
Baila con la dignidad, cocina afectos y convierte cada despedida en un ritual compartido.
Su biografía no cabe en una solapa, pero este intento es una picada de ojo desde el abismo, donde lo leemos, lo celebramos y lo esperamos con la mesa servida y el vino decantando memorias.

