Acorralado por las dudas y el temor, frente a la constante exposición a las voces de la frustración, mi mente se transformó en un verdadero campo de batalla.
Miro a mi alrededor y contemplo en la sala de mi casa, sentada en el sofá, la mirada tierna de mi madre querida; mientras en el patio, escucho los pasos de la ansiedad, muy silenciosos de mi amado viejo.
Comprendo el dolor de ambos y sé que, si dependiera de ellos, no me dejarían partir; harían lo posible por retenerme.
Soy una persona resiliente. Por amor a sus almas, por dignificar el legado construido para mí, debo continuar. Son muchas las razones y los recuerdos: los fines de semana disfrutando en familia en el río o la playa, degustando parrillas o una deliciosa sopa de mondongo.
Mi libro Después de las sombras, disponible en Amazon, habla de como en Venezuela, las madres lloran y los padres suprimen el suspirar; duele en el corazón, son punzadas que hieren. Pero todos tenemos la esperanza de que esos días volverán.
Por ahora prevalece la separación en una sociedad fragmentada, pero no me detengo. Debo incursionar hacia un destino inhóspito, una tierra que un día soñé estar.
Desde la altura de una gran montaña escuché una voz que orientó mi consciencia: “Para llegar a la montaña dorada, primero debes transitar por el bosque denso y profundo”.
Mi nombre es Eduardo Mendoza y emprendí este viaje, confiando en que un día volveré, y seré parte del nacimiento de una Venezuela libre, una patria que renacerá cual ave fénix desde las cenizas.
Aunque falten personas alrededor de la mesa, construiremos un patrimonio donde el miedo no sojuzgará nuestra libertad. Cantaremos como nación libre: “y salimos de las sombras”.

