El libro Sonrisa de Angel escrito por Luis F. Palacios nace desde una verdad sencilla, pero profundamente humana: la vida no comienza en nosotros mismos, sino en un propósito que nos precede.
De acuerdo con el paso del tiempo, mis padres me engendraron humanamente, pero ellos no me crearon. Antes de todo, Dios ya había pensado en mí. Durante nueve meses estuve en el vientre materno, girando en silencio, preparándome para salir al mundo.
Nací un tres de febrero del año dos mil, en el inicio de un nuevo milenio, como una señal de que cada vida trae consigo un sentido único, un diseño perfecto dentro de la creación. Por esa razón, mi existencia no es casual: es una canción.
Una expresión de amor que se manifiesta en lo que soy y en lo que doy. Porque, en esencia, yo soy el que soy, con mis fortalezas y también con mis debilidades, reconocidas sin salvedades, sin máscaras y sin condiciones.
Pertenezco a una familia mundial —no racial— unida por la genética, conocida como síndrome de Down. Una familia que no se define por límites, sino por una profunda conexión humana.
Quien me compare con otros como yo encontrará semejanzas físicas, pero descubrirá, sobre todo, una riqueza espiritual que trasciende cualquier apariencia. La realidad social puede resumirse en pocas palabras: algunos nos aceptan por misericordia, otros nos rechazan por soberbia.
¿Y qué? Ese desprecio no tiene valor frente a la verdad que me sostiene. Dios me creó por amor, y mi misión es devolver gratuitamente ese amor a los demás. En eso encuentro mi propósito y mi dignidad.
Como expresa el poema “Al Cristo Roto”, quizás muchos no lo perciben, pero todos somos, de alguna manera, fragmentos de esa entrega divina. Quiéranlo o no, ahí está Dios, presente incluso en lo que parece incompleto.

